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jueves, marzo 24, 2011

Abandonados tras los daños por las heladas


Benjamín, de 10 años de edad, trabaja en los campos para ayudar a su mamá que está enferma (Foto: )

20 de marzo de 2011 Carolina Rocha Menocal | El Universal
Desdeñados, como si fuera un destino fatal, los pobres de los pobres, como se les llama en los discursos a los jornaleros migrantes del campo mexicano, resultaron también los más golpeados por las heladas del mes de febrero pasado en el norte del país.
Son al menos 150 mil trabajadores agrícolas que cada año migran desde la montaña de Guerrero, desde la sierra de Oaxaca e incluso de Veracruz y Chiapas hacia las fincas horticultoras de Sinaloa en busca de trabajo. Pero este 2011 su ciclo de vida se truncó: las heladas del 5 y 6 febrero destruyeron la mitad de los cultivos de jitomate, chile, pepino y berenjena, por lo que la zafra terminó con 3 meses de anticipación.

Sin empleo, sin dinero, sin ahorros, se aferran al poco trabajo que queda, migran hacia los campos de Sonora y Baja California o, de plano, regresan a su miseria de origen con la esperanza de sobrevivir hasta la próxima temporada agrícola.
Sobra la mano de obra

Como cicatrices del frío, el paisaje en Culiacán ahora está compuesto por campos rasurados o quemados, frutos muertos en los surcos y hectáreas y hectáreas de pérdidas.

En Villa Juárez, en medio de ese desierto agrícola, encontramos a Dominga, una mujer en sus cuarentas —con las manos secas de lodo y de sol—, quien jalaba unas mangueras negras de un campo de chile: “Estamos sacando el plástico. Nos dieron 40 surcos y pagan 84 pesos el día. Las uñas duelen para sacar bien”, rezonga.

Pero no se queja; al menos ella tiene trabajo. A decir de las autoridades de la Secretaría de Agricultura local, con la onda fría se perdieron la mitad de los campos hortícolas y, a diferencia del cultivo de maíz, no hubo resiembra.

Dominga no habla bien español, es indígena tlapaneca. Explica que la semana pasada partieron tres camiones repletos de jornaleros: “Unas señoras lloraban que se fueron sin nada”, comenta, “cada ocho días nos descuentan 52 pesos con una tarjetita y de ahí cuando uno se va pa’ Guerrero le devuelve el patrón ese dinero y ora’ dicen que no les dieron nada”.

No sólo eso, los que se fueron tras la helada lo hicieron sin recibir el apoyo que la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) extendió con una ayuda de mil 20 pesos por jornalero.

En la plaza de Villa Juárez, a tan sólo unos kilómetros de Culiacán, varias familias se instalaron en las banquetas mientras esperan.

No hay trabajo y tampoco dinero para regresar a su vida de autosubsistencia en el sur del país.
Alrededor de 80 mil jornaleros se quedan cada año en esta localidad. La mayoría se mantiene en las fincas, pero cerca de 20 mil se hospedan en cuarterías, como se les dice aquí a los espacios ínfimos que rentan por 300 o 600 pesos al mes.

Ahí conocimos a Justino. Un niño de 12 años que, acompañado de su hermana y de su prima, nos permitió conocer la precariedad del cuarto en el que viven, sin cobijas y con un “colchón” de cemento en vez de cama. Nos indicó que sus padres aún se ocupan en el campo: “pagan 50 pesos al día, dicen que les pagaban poquito bien, pero bajó porque el patrón ya no quiere pagar porque se chingó todo con el hielo”.

Justino cuenta que han comido puro frijol las últimas semanas y que sólo esperan juntar el dinero suficiente para regresar. “Estamos rentando y mil pesos cobran de una persona de aquí a Oaxaca. Somos como 12 y no sale”, expresa con fría elocuencia.
Varias familias se encuentran en el mismo caso, pese a que el gobierno insiste en que facilitó dinero para el transporte de los jornaleros.

“El jornalero ha sido el más afectado”, apunta Jorge López, un abogado indígena de la región que logró que Sedesol extendiera ayudas a cerca de 650 trabajadores de la zona la semana pasada. “Se quedan sin empleo, no tienen para comida, no tienen para pagar agua, no tienen para transporte. Es un problema muy complejo lo que pasó aquí en Sinaloa”, resume.

Las cuarterías de Villa Juárez se han ido vaciando. En una de pura lámina y sin ventanas está Antonio.

—El gobierno dice que los apoyó, ¿no les ha llegado el dinero?

—Sí. Ahora le voy a mostrar un papel. Nos lo entregaron, éste papel, pero como yo no tengo credencial de elector, no puedo cobrar.

Ni él, ni la mayoría han podido cobrar, insisten las organizaciones no gubernamentales que trabajan con jornaleros. “Nosotros como organización le dijimos a Sedesol y al gobierno del estado que no podía ser posible eso porque la mayoría de la gente no tiene ni acta de nacimiento o vienen sin documentos”, recalca Jorge López.
Ahora sólo se exige un sobre de la nómina anterior para inscribirse en el padrón de empleo temporal de la Sedesol. De acuerdo a Juan Guerra, secretario de Agricultura de Sinaloa, se presupuestaron apoyos para 120 mil jornaleros del campo, pero a la fecha se ha beneficiado a tan sólo 80 mil.

Regreso en abonos

En la estación camionera de Villa Juárez se observa una larga fila de autobuses cuya salida se fijará en abonos. De 50 en 50 pesos que por semana, algunos jornaleros van aportando para solventar el boleto de regreso.

A pesar de que las autoridades dicen que han cubierto el viaje de vuelta de varios trabajadores, en la central, Ofelia Hernández, una operadora de transporte señala que durante el último mes ha tenido “familias que han estado pagando sus boletos de a 50 o 100 por semana hasta completar el costo”. Agrega que ya mandó cinco camiones a Guerrero y Oaxaca, y en algunos casos ha decidido bajar el precio de 800 a 650 pesos para que les alcance.

Felipe, compró boleto, pero con destino a Hermosillo. Dice que dejará a su familia aquí en Sinaloa mientras busca trabajo en Sonora para terminar el ciclo que debió llegar hasta fines de mayo.

Crescencio Ramírez, de la Red de los Pueblos Indígenas de Sinaloa, dice que aunque el patrón está obligado a regresar a sus trabajadores, tras la crisis por las heladas el gobierno federal “anunció un apoyo económico para la gente que se quería ir, pero muchos se fueron sin recibir nada. En febrero se fueron más de 30 mil porque ya no había manera de sostenerse.

“Cuando a la agricultura le da un catarro, al resto de la economía aquí en Sinaloa le da pulmonía”, expresa Juan Guerra para mostrar la magnitud del desastre en el estado.
La confusa ayuda

Varios campos agrícolas pararon en días pasados. La mitad de los jornaleros del campo Alfavita hicieron una huelga de horas para exigir al patrón que les entregara íntegro el apoyo del gobierno y la raya semanal. Kenia López, una de las organizadoras de la rebeldía, argumentaba que tanto en los campos del Cerrucho como el Moroleón se les había entregado la ayuda de Sedesol y su nómina.

Mientras que a ellos se les dio el cheque federal, pero se les descontó el salario: “Ahora le debemos al patrón como 400 pesos que dice que nos cobrará las próximas tres semanas”.

Matilde, una trabajadora que no se sumó al paro en Alfavita, explica que el patrón les insistió en “que tenemos que estar agradecidos que nos da trabajo, porque otros no tienen”.

Y en cierta forma es verdad. El apoyo que entregó Sedesol y por el que pelean finqueros y jornaleros es un esquema de trabajo temporal, a través del cual se financió la nómina de los agricultores por un lapso de tres semanas. Por eso los patrones insisten en que el apoyo es para ellos, para que paguen la raya, aunque venga etiquetado a nombre de los trabajadores.

Los jornaleros, por su parte, tienen que aguantar toda esta situación: “¿Dónde sino vamos a buscar trabajo?, porque ni modo de quedarse sin comer uno”, remata Matilde.
“Se han denunciado abusos de que hay quien está pagando lo que debería de cubrir de su nómina con estos apoyos. El patrón en lugar de estar pagando y completar está usando los recursos para pagar como si fueran sus recursos”, ejemplifica el secretario de agricultura estatal.

Pero a estas alturas ya no importa tanto el destino de esos recursos, sino que ya no habrá apoyo. Se planteó ayudar a los jornaleros por tan sólo tres semanas. De aquí a mayo el problema, al parecer, es de ellos: “Hicimos una propuesta a las delegaciones de la Sedesol: que la gente que se fue a Guerrero o Oaxaca, que esa gente reciba un apoyo parecido porque si no va a haber una crisis totalmente de hambre allá”, comenta Crescencio Ramírez.

El abuso de siempre
En la desviación hacia La Cruz, en la carretera de Culiacán-Mazatlán, una familia de indígenas espera los recojan con todas sus pertenencias apretadas en unas cuantas bolsas de plástico. Dicen que vienen del Rosario, pero que se acabó el trabajo y por eso se los van a llevar a San Miguel, muy cerca de ahí, dónde si están contratando.
Y efectivamente, en San Miguel, se salvó la berenjena.

A casi todos los trabajadores les recortaron el sueldo a la mitad, pero se les compensó con la ayuda de la Secretaría de Desarrollo Social. Sólo reciben la raya íntegra los niños.

Benjamín, un niño de 10 años, explica —ingenuo— que como a él no lo pudieron inscribir en el padrón de Sedesol el patrón les mantuvo el sueldo.

El trabajo de los menores de 14 años es ilegal, pero la práctica de explotación infantil subsiste en la finca. Junto a Benjamín está otro niño que luce más joven. Recorta unas hojas de la mata de berenjena en el surco que le tocó.

Se llama José Luis.

—Eres muy niño.

—Sí, todavía no estoy grande— responde.

—¿Y cómo te dieron permiso para trabajar aquí?

—Nosotros tenemos que trabajar y a la fuerza entré. Mi mamá se enfermó y desde hace un año vengo.